Tras la resaca de una Nochevieja que la mayoría de los españoles ha celebrado en sus hogares, sin ánimo -o sin medios- para festejarla en la calle, llega el inevitable momento de hacer propósito de enmienda para este 2012.
Resulta gráfico cómo los deseos que los españoles formulábamos tradicionalmente en estas fechas (desde paz para el mundo hasta perder los kilos cogidos de más esta Navidad) han quedados postergados ante un panorama inquietante.
2012 va a ser un año duro, no exento de incertidumbres y sacrificios. En cierto modo, un punto de inflexión en la reciente historia de nuestro país, como también lo ha de ser para todas las naciones de nuestro entorno. Debemos ser conscientes de la trascendencia del momento histórico que vivimos para aprovechar la ocasión y corregir los errores que nos han llevado a esta difícil situación.
A medida que conocemos los entresijos de una crisis financiera que ha producido la debacle de los mercados, el hundimiento de numerosas economías nacionales, la paralización del proceso de integración europea, la caída de mitos empresariales y la ruina de millones de familias, se hace más patente que la raíz de esta crisis, la causa última de los males que aquejan a nuestra época, es fundamentalmente moral.
El materialismo egoísta, el consumismo desenfrenado, el afán desmedido de lucro han suplantado en nuestra conciencia colectiva los valores que antaño cohesionaban la sociedad de nuestros padres: la familia, el trabajo duro, el respeto al orden, la unidad del país y el sentimiento de pertenencia.
Este último medio siglo ha traído consigo avances importantes que han redundado en una mejor calidad de vida y en una mayor justicia social. Sin embargo, los progresos en alimentación, medicina, cultura, derechos humanos, condiciones laborales, igualdad, participación política, vivienda, transporte o comunicación, por poner algunos ejemplos, no tienen por qué ir reñidos con la preservación y estima de valores esenciales como la solidaridad entre los individuos y los colectivos, el esfuerzo y la honradez en el desempeño del trabajo con que cada cual contribuye al engranaje social o la honestidad en el ejercicio de las responsabilidades públicas.
Hemos creado un mundo en el que se vive mejor, no cabe duda, pero en el que paradójicamente nos sentimos vacíos y casi huérfanos. El consumo de bienes materiales -en su mayoría superfluos- ha colmado nuestras vidas hasta el punto de hacernos olvidar la calidez del trato personal o la felicidad de un día de excursión con la familia, así como despreciar el saber que esconden las palabras de nuestros mayores, el entretenimiento de una alegre conversación, o la emoción de un hermoso atardecer en el horizonte.
2012 será un año de ajustes y recortes inevitables si queremos conservar nuestro actual modo de vida, y será más fácil sobrellevarlo si aprendemos a convivir y aunar esfuerzos, si nos determinamos a trabajar más y mejor en nuestros empleos, a prescindir de lo accesorio, si comprendemos el valor meramente instrumental del dinero, si pedimos que al actuar no se dejen de lado los principios y nos acordamos de cuidar también el espíritu.
Es nuestra oportunidad de renunciar al hedonismo y a la conformidad para centrar la atención en lo realmente importante: la educación de nuestros hijos, la familia como escuela de valores, la prosperidad de nuestros negocios, la eficacia y calidad de los servicios públicos, la transparencia e integridad de nuestros representantes políticos, la solidaridad entre naciones y personas o el uso racional de los recursos naturales.
2012 será, en efecto, un año de retos, no solo para un Gobierno, una empresa o una institución internacional sino un auténtico desafío para la sociedad en su conjunto, de la que todos formamos parte importante. Y el darnos cuenta de ello y asumir no solamente exigir responsabilidades en el camino es lo que hará que éste se convierta en un año de bienes.
Resulta gráfico cómo los deseos que los españoles formulábamos tradicionalmente en estas fechas (desde paz para el mundo hasta perder los kilos cogidos de más esta Navidad) han quedados postergados ante un panorama inquietante.
2012 va a ser un año duro, no exento de incertidumbres y sacrificios. En cierto modo, un punto de inflexión en la reciente historia de nuestro país, como también lo ha de ser para todas las naciones de nuestro entorno. Debemos ser conscientes de la trascendencia del momento histórico que vivimos para aprovechar la ocasión y corregir los errores que nos han llevado a esta difícil situación.
A medida que conocemos los entresijos de una crisis financiera que ha producido la debacle de los mercados, el hundimiento de numerosas economías nacionales, la paralización del proceso de integración europea, la caída de mitos empresariales y la ruina de millones de familias, se hace más patente que la raíz de esta crisis, la causa última de los males que aquejan a nuestra época, es fundamentalmente moral.
El materialismo egoísta, el consumismo desenfrenado, el afán desmedido de lucro han suplantado en nuestra conciencia colectiva los valores que antaño cohesionaban la sociedad de nuestros padres: la familia, el trabajo duro, el respeto al orden, la unidad del país y el sentimiento de pertenencia.
Este último medio siglo ha traído consigo avances importantes que han redundado en una mejor calidad de vida y en una mayor justicia social. Sin embargo, los progresos en alimentación, medicina, cultura, derechos humanos, condiciones laborales, igualdad, participación política, vivienda, transporte o comunicación, por poner algunos ejemplos, no tienen por qué ir reñidos con la preservación y estima de valores esenciales como la solidaridad entre los individuos y los colectivos, el esfuerzo y la honradez en el desempeño del trabajo con que cada cual contribuye al engranaje social o la honestidad en el ejercicio de las responsabilidades públicas.
Hemos creado un mundo en el que se vive mejor, no cabe duda, pero en el que paradójicamente nos sentimos vacíos y casi huérfanos. El consumo de bienes materiales -en su mayoría superfluos- ha colmado nuestras vidas hasta el punto de hacernos olvidar la calidez del trato personal o la felicidad de un día de excursión con la familia, así como despreciar el saber que esconden las palabras de nuestros mayores, el entretenimiento de una alegre conversación, o la emoción de un hermoso atardecer en el horizonte.
2012 será un año de ajustes y recortes inevitables si queremos conservar nuestro actual modo de vida, y será más fácil sobrellevarlo si aprendemos a convivir y aunar esfuerzos, si nos determinamos a trabajar más y mejor en nuestros empleos, a prescindir de lo accesorio, si comprendemos el valor meramente instrumental del dinero, si pedimos que al actuar no se dejen de lado los principios y nos acordamos de cuidar también el espíritu.
Es nuestra oportunidad de renunciar al hedonismo y a la conformidad para centrar la atención en lo realmente importante: la educación de nuestros hijos, la familia como escuela de valores, la prosperidad de nuestros negocios, la eficacia y calidad de los servicios públicos, la transparencia e integridad de nuestros representantes políticos, la solidaridad entre naciones y personas o el uso racional de los recursos naturales.
2012 será, en efecto, un año de retos, no solo para un Gobierno, una empresa o una institución internacional sino un auténtico desafío para la sociedad en su conjunto, de la que todos formamos parte importante. Y el darnos cuenta de ello y asumir no solamente exigir responsabilidades en el camino es lo que hará que éste se convierta en un año de bienes.
Publicado en ESD.



